“Hey! yo te conozco” – me dijo una voz. Su timbre hizo eco en mi memoria.

Di la vuelta y la vi. A pesar del paso del tiempo, seguía conservando esa mirada cálida y tierna que le conocí cuando yo acababa de traspasar la primera década de mi vida. Fue hace tanto tiempo y a la vez hace tan pocas horas en realidad…Miles de imágenes volvieron a mi mente: salones, carpetas, recreos, columpios, tiza y pizarras verdes…números, ella era el hada de los números, recuerdo que sólo yo y unas pocas más entendíamos sus trazos, disfrutábamos de su vida ….

Fue hace tanto tiempo y hace tan pocas horas a la vez… que por toda esa vida y sin pensarlo dos veces, corrí y la abracé, me sonrió y sus mejillas brillaron…”Seño..!!!”, le dije. Y en ese momento, entre toda la alegría y la sorpresa de encontrarla sentí una tristeza profunda por todos los miles, interminables y poquitos minutos que no pasé con ella, que no la busqué y no la vi, dolor porque no la llamé, pesar porque entre todas las preguntas que se sucedieron en el instante que nos cruzamos entendí que yo había sido muy especial para ella por aquello que hizo por mi en esos años.. pero que a pesar de todo, no recordaba mi nombre. Y una pena infinita porque cuando la abracé y le dije “Seño..!!”..yo tampoco recordaba el suyo.

Y es que la memoria no es ingrata y no nos traiciona. La memoria es sincera porque recuerda lo que frecuenta y lo que está preparada para recordar en un momento determinado. Ella aparece para abrazarte y decirte que las personas importantes que pintaron los parajes de tu vida se siguieron moviendo y viviendo paralelamente. Que esas personas recorrieron sus caminos a medida que el mundo giraba, así como tú. Que esos seres indispensables e irremplazables… también se pueden olvidar de ti.

Y yo no quiero que esto sea así. No me gusta. Aunque sé que es inevitable…porque en esta vida uno elige su destino como cuando te encuentras en un cruce múltiple, muchas de tus almas favoritas siguen de largo mientras tú volteas a los lados. Las dejas y ellas te dejan. En ese nuevo caminar aparecerán otras. Pero nunca puedes quedarte con todas para siempre…

En esos segundos que transcurrieron, mis recuerdos fueron hilándose lentamente como en una de esas ruecas que tenían las brujas de los cuentos que leía de niña…y finalmente pude recordar su nombre. Ella pudo recordar el mío también gracias a la aparición de otra persona conocida que se atrevió a preguntármelo delante de todos. Y al escuchar mi nombre, automáticamente lo conjugó con mi apellido recitando la dupla como una de esas rimas de Gustavo Adolfo Bécquer que tanto me gustaron en el colegio. Entonces, sólo en ese momento, ella se acordó de mi. O, pensándolo bien, tal vez nunca lo hizo…

En ese mar de luces y sombras, de rostros desconocidos y vueltos a la vida, me comentó que alguien estaba muy enferma. Yo no se si la conozco, si me enseñó o si no la vi jamás. No me atreví a preguntarle. Sólo la escuché y asentí. Supongo que en su mente las visiones del pasado se confunden atemporalmente de la misma manera que me sucede cuando miro hacia etapas de mi vida a las que se que no volveré jamás. Yo no soy quien para poner paredes a los recuerdos de otra persona. Uno rememora las cosas que desea y de la manera que uno mismo elige grabarlas, uno recuerda percepciones no realidades. En todo el alboroto de emociones que sentía ella me tendió una agenda para que pusiera mi nombre y mi teléfono. Lo curioso de su agenda telefónica era que no tenía letras en el margen de la hoja, no había orden alfabético por páginas… por un momento me pareció que escribía un libro de recuerdos… busqué cualquier hoja y apunté mi nombre. No se me ocurrió pedirle su teléfono. No se me ocurrió este detalle hasta 2 horas más tarde… momento en el que lo lamenté profundamente….

El camino de regreso a casa se hizo sombrío y silencioso, con esa sensación de blanco y negro en mis pensamientos. Concluí que ella me hizo falta en todo este tiempo, que fue mi maestra y que aún la sigo queriendo mucho. Que no sé si este encuentro fue en realidad un adiós porque luego que la abracé para despedirme, se sonrió y me habló como una muchachita que le dice a su amiga de antaño “Oye, tenemos que llamarnos, ah?”. Y eso me sonó irreal. Muy irreal. Porque yo sé que no la voy a llamar. Que probablemente no la voy a buscar. Aunque me duela decirlo y me duela no hacerlo, creo que eso es lo que va a pasar. Es como si supiera que lo que voy a hacer o dejar de hacer está mal. Pero irremediablemente hago que eso ocurra. Y me da tristeza porque al devolverle el lapicero vi su mano temblorosa y recordé que está enferma y que de repente, tal vez en unos pocos segundos más, ya no la volveré a ver brillando como el día de hoy por la tarde. Y que cuando llegue ese momento, de seguro, ya no reconocerá ni siquiera mi rostro.

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