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Haldane Road Sunset.Carol Ubben.1999


Me encantan las puestas de sol. Donde sea que me encuentre, ya sea en la playa o en la ciudad. Me encantan sobre todo los juegos de luces y sombras que se dibujan en los acantilados o edificios cercanos, me fascina la descomposición del rojo en el cielo y me intriga el humor del sol cuando acaba el día. A veces está furioso en la despedida y no te deja mirarlo de frente. No puedes, pues tu retina se queda llorando circulos y manchas negras durante la siguiente hora.

Pero junto a mi abuelita las cosas eran diferentes. Ella vivía en un distrito común de la ciudad, uno sin muchos árboles en las calles, excepto por algunos parques alrededor. La estrecha calle terminaba en una gran pared, como un fondo de saco ciego. Detrás de la pared no habían edificios altos. La verdad es que aún creo que no había nada más allá. Sólo cielo amplio, limpio y claro. En esas tardes de domingo con mi abuela, el sol se mostraba diáfano, intenso y suave al mismo tiempo, grande y majestuoso, te sonreía y te dejaba mirarlo.

“- Es una gran naranja. Cuando seas grande y saltes lo suficiente podrás alcanzarla”.

Y yo me dormía pensando en el sol. En los colores y en las promesas. En volverme fuerte. En ser como ella.

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Ay abuelita, algo de tus ojos de antaño y de mis cuentos de niña se quedaron en esa fausta estrella durante todas esas tardes. Depositaste para mi tu voz y tu aliento, tus historias de infancia y las dejaste guardaditas en algún lado de esa naranja hace cuatro años. Te confieso que aún sueño con poder ser grande y llegar a tocarla con mis dedos, aún sueño con absorver su calor.

Sólo que las nubes del invierno de Lima, hoy por hoy, me dejan muy por debajo de su luz.

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