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Hoy volví a mirarme al espejo. Realmente lo estuve haciendo desde hace algunos días, cuando me percaté que podía rescatar mi alma y mi vida del mundo geométrico que me hace estar prisionera de Lunes a Viernes. Y últimamente también Sábados y Domingos. Para el Espejo fueron días nulos, en silencio. Creo que viví muy poco, se me quedaron muchas cosas en el tintero por dibujar y estructurar. Viví poco porque me la pasé en el teatro de la vida cotidiana estudiando mis palabras, pasos y movimientos para que vayan acorde con la estructura de la compañía para la que trabajo. Fui un maniquí de escaparate. Fui una abeja obrera. Fui todo lo que ellos quisieron que sea, menos yo.

Septiembre ha sido un torbellino en mi vida. En todo y para todos los que se anclan en mis destellos de alguna manera. Reí, salté y lloré. Me sentí segura pero frágil, expansiva y diminuta al mismo tiempo, con la frente en alto algunos días y bajo la mesa algunas noches. Darío contribuyó a parte de estas revoluciones, pero también ayudó a la calma después de la tempestad. El brillo de sus ojos y su profundidad siempre irradian luz. Y eso me mantiene viva en mi tránsito por las veredas oscuras y solitarias.

Hoy volví a encontrar mi reflejo y desempolvé las fotos mate del album de mi vida, de mi esencia. Quiero robarle a la noche esos minutos que necesito para poner las cosas en orden todos los días porque de tanto teatralizar mis reflejos de color corporativo empiezo a sentirme mimetizada con la pared y el cartelito de “Customer Values” que decora la sala de reuniones.

      

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