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De regreso a mi casa todos los días alrededor de las 8 am. siempre bordeo el  parque infinito de mi mundo familiar por la acera del lado izquierdo. Lado izquierdo para los que vuelven. Derecho para los que van.

Cuando voy, me gusta ir por el centro del parque, como un alma aventurera explorando la intersección de las posibilidades… y, aunque siempre termino tomando la misma ruta, ningún día el camino es el mismo.

Sin embargo, el lado izquierdo es particularmente mágico para el retorno, porque aquel árbol atemporal de mil otoños y veranos se reclina hacia la derecha, sus ramas fuertes se apoyan sobre la reja que separa la vereda de la pequeña loza deportiva y se forma un hermoso arco adornado de flores. Entonces yo acelero el paso e ingreso a través del arco.

Y en eso junto a mi, pasa Sarah corriendo con Sally, ambas entre 6 y 7 años, con los ojos del alma abiertos a un mundo que nadie puede ver más que ellas, un mundo sobre el arco iris donde vive el Hada de los Bosques, la cual se presenta en miles de formas y les hace regalos de vida todos los días y que hasta tiene un poema y una canción….

Cuando cruzo por el arco sale el sol, el aroma de las flores se impregna en mi piel y empieza mi vuelta al mundo otra vez…. pero con esa sensación de felicidad, de fuerza infinita, de saber que todo lo puedo, que los sueños son premoniciones, que vale la pena ver todo esto….

Cuando cruzo por el arco y rozo las ramas, caen las hojas de colores sobre mi pelo y los pájaros cantan.

Cuando cruzo por el arco estoy de vuelta a casa… y soy yo misma de nuevo.

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