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Po Lin sonríe y se mueve al ritmo de la música. Ella tiene un rostro oriental y característico, pero también es diferente. Ella no está en una pista de baile, no está acompañada y no mira a nadie. Sonríe a su reflejo en la luna y susurra levemente la canción que la ilumina, la vibración que la invade.

Po Lin parece una aparición. Una princesa sacada de otro lugar, una conspiración del tiempo y el espacio para ponerla justo donde la geometría de la mente de los observadores no permite un alma en movimiento, porque se supone que todo guarda un orden, pero Po Lin lo desarma, hermosamente.

Pero ella es real. Vino junto a mi y siguió cantando. Pasó frente a todos y siguió bailando. Pero no miraba a nadie. Era ella con ella misma. Bailaba al ritmo de su sangre y sus sensaciones. No para que la miren, sino para mirarse y descubrirse ante los ojos de su mente.

Al ver a Po Lin recordé un paraje en mi memoria, alguna de esas noches sin retorno, sin tiempo, sin espacio, en las que me encontré bailando sola frente al espejo de una sala de baile. La música ingresaba por mi piel y me movía. Fluía el elixir de mi alma y entonces viajaba a través de esos puntos insondables, de los colores a mi alrededor y de mi música interna-externa.

Las colegas con las que trabajo no saben qué es eso. ‘¿Estabas drogada?’ – me preguntaron sarcástica y socarronamente. Sonreí continuando la broma y no respondí. Ellas sólo conocen esa droga concreta, en forma de hojas y pastillas ilegales, esa que se vende y se esconde, por la que algunos viven …. y matan. Pero no conocen la droga de estar sólo con uno mismo por primera vez, de sentir todas y cada una de las células del cuerpo, de desencajarse del mundo de vez en cuando y fluir libremente en el tiempo-espacio para reencontrarse. Para eso no es necesario ningún alucinógeno, tan solo escuchar el silencio y sentir los latidos del cuerpo y el hervor de la propia sangre.

Ellas viven parametradas, como todos nosotros, y no se atreven a salir del tablero de ajedrez o a moverse en zig-zag desafiando las reglas… ‘Eres una quemada’-me dicen. ¿Es que acaso no son ellas las que están quemando sus momentos en movimientos estereotipados para complacer a las siluetas de barro que las miran? Y siento un hilo plateado de pena por ellas. No saben lo que se pierden…!!

Po Lin bailaba sola y ellos se reían. ¿Acaso alguno recordará mañana el incidente gracioso sin importancia de aquel monólogo danzante? Probablemente no.

Sin embargo Po Lin alineó su ser y se transformó en música perpetua al ritmo de su corazón.

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