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Llegó en un taxi blanco a las 8:15. Tocó el timbre y esperó. Estaba muy nervioso y se secaba presurosamente las manos en los costados del pantalón.

Ella era su mejor amiga. Habían pasado tantas cosas juntos! Fue en una clase de Educación Cívica hacía ya 3 años. Ella era nueva y rápidamente hizo amistad con la chica por la que él había suspirado desde quinto grado de primaria. Entonces planificó su estrategia. Se acercaría a “la nueva” y tendría más oportunidad con “su favorita” que cualquier otro en el salón. Desde entonces se sentarían muy cerca uno del otro. Se hicieron inseparables.

Pero sólo indispensablemente inseparables. Se peleaban y amistaban como cualquier par de amigos. Se contaban sus penas, sus corazones partidos por terceros, se alejaban cuando era necesario. Pero siempre estaban allí el uno para el otro.

Esa noche todo era diferente. Ella salió hecha una luz radiante, con un vestido negro largo. Se saludaron como siempre, con un beso en la mejilla. Intercambiaron algunas bromas y sonrieron. Él colocó la orquídea cerca a su corazón.

Fue cuando, por casualidad, ambos intercambiaron miradas por un segundo eterno. Él la miró y notó el color café de sus ojos por primera vez. Observó su pequeña nariz, sus mejillas palo de rosa, las ondas de sus labios, el aroma de su cabello infinito. Se estremeció. Tragó saliva y con ella sus lágrimas. ¡Diablos!, lo que es el destino…!

Y entonces comprendió todo.

La tomó del brazo como siempre y por primera vez.

Y partieron al baile de graduación juntos….. por última vez.

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