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Me dejaste curar tus heridas esa tarde. Era dolor lo que sentías, verdad? Me lo dijeron tus ojos negros densos como la noche en la que te dormiste entre mis dedos.

Ícaro, tan frágil eras! tus alas tan puras y pequeñas atravesando ese Sol inmenso que sonreía sobre ti. Saltaste del nido -me lo dijeron las camelias-, te cegó la ilusión, esa que nos mueve sobre las olas y las rocas afiladas. Querías verlo todo, este mundo prometía tanto….esa misma historia me la vendieron a mi una madrugada…

Me dio tanta pena por tus plumas calcinadas y tu ala rota cuando llegaste a mi. Me dio rabia ver al tiempo contraerse, a tu destino desaparecer. Y entonces oré mucho, Ícaro, me entregué infinitamente con palabras abstractas para que volvieras a ser el mismo, para que pudieras creer de nuevo en esta vida completita que esperaba por ti. Esa noche no dormí realmente -tú lo sabes. Esa noche, la Dama de Azul y yo velamos tu sueño.

Y todo se hizo realidad, todos mis deseos para contigo se hicieron colores concretos, jardines felices llenos de flores. ¡Curaste tus alas, Ícaro, y ahora puedes volar..! Puedo acariciar tus plumas tornasoladas y sentir tu calor, como el de un ave pequeña. El Sol no fue suficiente para cortar tus sueños. ¡Puedes volar, Ícaro, cada vez más alto…! Puedes gozar el verde de los prados, sentir el aroma de las hortencias, ver con tus propios ojitos de ébano lo que te contaba sobre la inmensidad del mar.

Puedes surcar por el aire sin descanso, tus alas no te pesarán más…!

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