partida

Cuando las personas se van queda siempre un vacío que nunca será llenado por nadie más que por ellas. Aun así regresaran, el espacio no calzará más en sus siluetas. El momento se habrá perdido irremediablemente en el tiempo. Porque así como ellas se movieron hacia otros horizontes, las personas que se quedan deberán moverse también aunque no lo quieran, como una cucharada de azucar que se retira de su recipiente… los granos circundantes se desplazan con el fin de ocupar el espacio, pero siempre queda la muesca, nunca vuelve a ser lo mismo.

Tal vez esa sea la razón por la que nos resistimos al cambio. Las personas se van porque deciden hacerlo y no se las puede retener en un lugar del que ya no se sienten parte. El decir adiós es parte también del progreso, como las gotas de vapor le dicen adiós a su nube para caer sobre nosotros como lluvia; aun así estas gotas vuelvan a evaporarse hacia el cielo… ya nunca serán los mismos grupos, no regarán las mismas ciudades, no volveran a estar juntas de la forma como lo están ahora.

Es parte de la vida dejar ir y dejar entrar. Pero nos cuesta admitirlo. Creemos en el cambio, pero no queremos que alguien se vaya. Somos defensores del progreso, pero queremos retener el día a día a toda costa y consideramos nuestro un equilibrio que no existe más porque hoy ya es otro día y el ayer se lo llevó el tiempo.

No hay mejor testimonio o prueba que las partidas son necesarias que el respirar la alegría del caminante cuando uno empezaba a sentirse triste por su ausencia. Es en ese momento cuanto todo cambia, cuando debemos virar el aura, alinear los chakras y esbozar una sonrisa por todo lo que queda por delante, incluyendo alguna nueva llegada y, de seguro, algunas nuevas partidas.

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