Archive for noviembre, 2010


Las gruesas emociones de un día como hoy son las hojas amarillas de esa gran guía telefónica que se avejenta en el depósito de mis recuerdos menos gratos. Quisiera que fueran así apenas delgadas, para deshojarlas y arrugarlas de una vez por todas, para no sentirlas más en mis pestañas.

Pero no es tan fácil partirme en dos a una hora como esta. Para conservar mi transparencia, tengo que ser una en todo y todo en una. Si me desacoplo, ¿cómo me encuentro nuevamente? Sería una sombra errante y gris arrastrando los pies en el asfalto.

Pero allí está el cálido aroma de tus palabras y el sonido de tu voz que me encuentra cada vez que me disperso. Magia en el viento, memory stick en el teclado. Aventura en las estrellas. Secretos de hermana. Risas y rosas. Mil veces me he preguntado si te conocí antes, en otro milenio. Conocerte en épocas sepia debe haber sido lo mejor que me ha podido pasar desde aquella vez. Saber que navegamos juntas en estas noches oscuras me reconforta, como una cálida e intensa taza de café salvaje en un invierno limeño. Aún cuando las bocinas y las interferencias nos distraigan de vez en cuando siempre nos jalamos de las manos como dos niñas jugando a la ronda. Mis ojos de avellana sonríen al encontrar tu cara bonita. Quiero correr a enseñarte mis muñecas nuevas todos los días y que me convenzas de no agarrar a cocachos a la realidad esa que no se puede cambiar.

¿Qué bueno que es nuestro timing, verdad?

Somos dos magas eternas jugando al subibaja antes de nuestro respectivo aquelarre.

🙂

Oye Ramón…!

Oye Ramón! Mira que ya te estás pasando. Te estás pasando.

Ya eres grande Ramón. El sillón que te cobija tiene brazos de cedro y cabecera de cuero. Se balancea todos los días con tu peso a cuestas. Sólo de verte en el ventanal se te respeta. ¿No crees que por eso, Ramón, ya es hora de que decidas sin envolvernos? Di lo que sea, Ramón, pero sin incluirme en tus historias de pesadillas negras. O en esas realidades que se deben lanzar a cara pelada, pero que no te atreves a apuntar ante los ojos del afectado… nooo, claro que no! … A menos que por supuesto me nombres como co-autora para disculparte “por tener que hacer tal o cual cosa” o “porque te sientes obligado por esta misión con cuerpo de oro y dientes de marfil”…

Así cualquiera, Ramón. Así cualquiera. Pero no te pases pues Ramón. Al menos ten la decencia, conciencia y esencia para afrontar tus decisiones. Justas aunque aparentemente truculentas. Es que es así pues, Ramón. Tu cara no va a ser siempre retrato de adoración, mucho menos ante el tablero de ajedrez humano que te rodea. Es imposible lograr eso. No gastes tu energía tratando de vestirte de seda…

Aún echándome la culpa fácil y rápidamente, como lo hiciste esa mañana ante los múltiplos de tu reloj digital, bajo tu capucha de color vino se descubrirá tarde o temprano la verdadera razón de todo. Y nadie puede ser ser tildado de tonto por demasiado tiempo como para ocultar la desnudez de las cosas.

Y la razón no es otra que tú mismo, Ramón. Tú, al centro de todo y de todos.

Y no te culpo por eso. Me parece coherente.

Tan solo.

Atrévete a decir que todo lo que ocurre es debido a ti y no a mi. Ramón. Oye Ramón.

Estudié 11 años de mi vida en un colegio religioso. La “Madre Directora” desde su posición jerárquica tres metros arriba de nuestras cabezas nos hacía formar en fila todos los lunes. Hacía silencio con el rostro y un par de ojos grises omnipresentes que imponían respeto. O era tal vez miedo. O quizás la proyección de un letrero rojo intermitente con las letras “Warning” debajo de un par de cejas canas que te hacía bajar la cabeza no necesariamente como signo de sumisión, mas bien como signo de evasión natural ya que nadie quería problemas. ¿Y es que acaso ella percibiría esto como tal? ¿O realmente creería que su poder de directora-ente-superior se ganaba proyectando cierta cuota de hostilidad y por eso perpetuaba la careta todos los lunes, infinitamente?. De hecho, nunca hice esta reflexión durante mi edad escolar sino hasta ahora. No tenía experiencia previa de lo complejo que significa dirigir personas y de sentirte, a su vez, parte de todas ellas. Debe ser mucho más difícil dirigir gente muy joven, que realmente no sabe lo que siente o lo que debe sentir, que cambia de opinión más rápido de lo que uno se demora en salir al recreo cuando suena el timbre y que tiene el corazón tan frágil como las dulces y solicitadísimas obleas del kiosko azul de Inca Kola-sin lugar a dudas siempre mis favoritas.

Todos siempre queremos poder, de una forma u otra. Volviendo a la época sagrada de los uniformes grises, yo creo que la directora garantizaba su poder de esta manera. Nosotras como alumnas también queríamos poder. Es por eso que torcíamos la fila y cantábamos el himno en playback a propósito. De hecho nos descubrieron el día que se rayó el cassette y se paró de golpe, nuestras bocas seguían abriéndose y cerrándose pero nadie escuchaba nada. La directora perdió su poder por un segundo cuando resonaron nuestras risas al unísono… pero lo recuperó castigándonos con una amonestación escrita que llegó a las manos de nuestros padres. Todas estábamos, empero, felices de haber logrado nuestro objetivo de hacernos sentir y de ser más, el que luego de 20 años en mi memoria puede parecer tonto, pero la verdad, nos dio identificación y poder de grupo, un poder de fuente ovejuna incalculable.

En este tira y jala de poder, no sé si existe alguien que gana o pierde al final de la batalla -o debería decir juego de mesa?. Si es algo que todos tenemos metido en la piel, es imposible ignorarlo al momento de convivir cotidianamente con profesionales-maratonistas que lo quieren todo siempre y siempre quieren más. La mayoría de personas con las que paro considera que siempre debe existir alguien que lidere un equipo, en cualquier ámbito, para que este funcione. Todos no pueden dirigirlo porque se sabotearían. Y tampoco puede permanecer acéfalo por siempre porque se desintegra. Tal vez sea por esto que el socialismo puro no funcione. Porque en realidad, todos siempre queremos tener el mando, el poder, el timón del barco en nuestras manos.

Lo abstracto no nos basta, a pesar que defendemos ideologías a capa y espada. Siempre queremos algo concreto, visual y palpable. Creemos en el amor genuino, pero necesitamos firmar papeles para asegurarnos de que tenemos el poder de decir mío o tuyo. Creemos que somos inteligentes y capaces, pero necesitamos demostrárselo a alguien más y así avanzar más y más profesionalmente.

¿Existirá algo en lo que crea fervientemente y que no necesite demostrárselo a nadie para estar segura de tener el poder sobre eso? Eventualmente creo que todo siempre se termina mostrando o demostrando, al menos con palabras.

No sé. Seguiré buscando.