Oye Ramón! Mira que ya te estás pasando. Te estás pasando.

Ya eres grande Ramón. El sillón que te cobija tiene brazos de cedro y cabecera de cuero. Se balancea todos los días con tu peso a cuestas. Sólo de verte en el ventanal se te respeta. ¿No crees que por eso, Ramón, ya es hora de que decidas sin envolvernos? Di lo que sea, Ramón, pero sin incluirme en tus historias de pesadillas negras. O en esas realidades que se deben lanzar a cara pelada, pero que no te atreves a apuntar ante los ojos del afectado… nooo, claro que no! … A menos que por supuesto me nombres como co-autora para disculparte “por tener que hacer tal o cual cosa” o “porque te sientes obligado por esta misión con cuerpo de oro y dientes de marfil”…

Así cualquiera, Ramón. Así cualquiera. Pero no te pases pues Ramón. Al menos ten la decencia, conciencia y esencia para afrontar tus decisiones. Justas aunque aparentemente truculentas. Es que es así pues, Ramón. Tu cara no va a ser siempre retrato de adoración, mucho menos ante el tablero de ajedrez humano que te rodea. Es imposible lograr eso. No gastes tu energía tratando de vestirte de seda…

Aún echándome la culpa fácil y rápidamente, como lo hiciste esa mañana ante los múltiplos de tu reloj digital, bajo tu capucha de color vino se descubrirá tarde o temprano la verdadera razón de todo. Y nadie puede ser ser tildado de tonto por demasiado tiempo como para ocultar la desnudez de las cosas.

Y la razón no es otra que tú mismo, Ramón. Tú, al centro de todo y de todos.

Y no te culpo por eso. Me parece coherente.

Tan solo.

Atrévete a decir que todo lo que ocurre es debido a ti y no a mi. Ramón. Oye Ramón.

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