Las gruesas emociones de un día como hoy son las hojas amarillas de esa gran guía telefónica que se avejenta en el depósito de mis recuerdos menos gratos. Quisiera que fueran así apenas delgadas, para deshojarlas y arrugarlas de una vez por todas, para no sentirlas más en mis pestañas.

Pero no es tan fácil partirme en dos a una hora como esta. Para conservar mi transparencia, tengo que ser una en todo y todo en una. Si me desacoplo, ¿cómo me encuentro nuevamente? Sería una sombra errante y gris arrastrando los pies en el asfalto.

Pero allí está el cálido aroma de tus palabras y el sonido de tu voz que me encuentra cada vez que me disperso. Magia en el viento, memory stick en el teclado. Aventura en las estrellas. Secretos de hermana. Risas y rosas. Mil veces me he preguntado si te conocí antes, en otro milenio. Conocerte en épocas sepia debe haber sido lo mejor que me ha podido pasar desde aquella vez. Saber que navegamos juntas en estas noches oscuras me reconforta, como una cálida e intensa taza de café salvaje en un invierno limeño. Aún cuando las bocinas y las interferencias nos distraigan de vez en cuando siempre nos jalamos de las manos como dos niñas jugando a la ronda. Mis ojos de avellana sonríen al encontrar tu cara bonita. Quiero correr a enseñarte mis muñecas nuevas todos los días y que me convenzas de no agarrar a cocachos a la realidad esa que no se puede cambiar.

¿Qué bueno que es nuestro timing, verdad?

Somos dos magas eternas jugando al subibaja antes de nuestro respectivo aquelarre.

🙂

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