Estudié 11 años de mi vida en un colegio religioso. La “Madre Directora” desde su posición jerárquica tres metros arriba de nuestras cabezas nos hacía formar en fila todos los lunes. Hacía silencio con el rostro y un par de ojos grises omnipresentes que imponían respeto. O era tal vez miedo. O quizás la proyección de un letrero rojo intermitente con las letras “Warning” debajo de un par de cejas canas que te hacía bajar la cabeza no necesariamente como signo de sumisión, mas bien como signo de evasión natural ya que nadie quería problemas. ¿Y es que acaso ella percibiría esto como tal? ¿O realmente creería que su poder de directora-ente-superior se ganaba proyectando cierta cuota de hostilidad y por eso perpetuaba la careta todos los lunes, infinitamente?. De hecho, nunca hice esta reflexión durante mi edad escolar sino hasta ahora. No tenía experiencia previa de lo complejo que significa dirigir personas y de sentirte, a su vez, parte de todas ellas. Debe ser mucho más difícil dirigir gente muy joven, que realmente no sabe lo que siente o lo que debe sentir, que cambia de opinión más rápido de lo que uno se demora en salir al recreo cuando suena el timbre y que tiene el corazón tan frágil como las dulces y solicitadísimas obleas del kiosko azul de Inca Kola-sin lugar a dudas siempre mis favoritas.

Todos siempre queremos poder, de una forma u otra. Volviendo a la época sagrada de los uniformes grises, yo creo que la directora garantizaba su poder de esta manera. Nosotras como alumnas también queríamos poder. Es por eso que torcíamos la fila y cantábamos el himno en playback a propósito. De hecho nos descubrieron el día que se rayó el cassette y se paró de golpe, nuestras bocas seguían abriéndose y cerrándose pero nadie escuchaba nada. La directora perdió su poder por un segundo cuando resonaron nuestras risas al unísono… pero lo recuperó castigándonos con una amonestación escrita que llegó a las manos de nuestros padres. Todas estábamos, empero, felices de haber logrado nuestro objetivo de hacernos sentir y de ser más, el que luego de 20 años en mi memoria puede parecer tonto, pero la verdad, nos dio identificación y poder de grupo, un poder de fuente ovejuna incalculable.

En este tira y jala de poder, no sé si existe alguien que gana o pierde al final de la batalla -o debería decir juego de mesa?. Si es algo que todos tenemos metido en la piel, es imposible ignorarlo al momento de convivir cotidianamente con profesionales-maratonistas que lo quieren todo siempre y siempre quieren más. La mayoría de personas con las que paro considera que siempre debe existir alguien que lidere un equipo, en cualquier ámbito, para que este funcione. Todos no pueden dirigirlo porque se sabotearían. Y tampoco puede permanecer acéfalo por siempre porque se desintegra. Tal vez sea por esto que el socialismo puro no funcione. Porque en realidad, todos siempre queremos tener el mando, el poder, el timón del barco en nuestras manos.

Lo abstracto no nos basta, a pesar que defendemos ideologías a capa y espada. Siempre queremos algo concreto, visual y palpable. Creemos en el amor genuino, pero necesitamos firmar papeles para asegurarnos de que tenemos el poder de decir mío o tuyo. Creemos que somos inteligentes y capaces, pero necesitamos demostrárselo a alguien más y así avanzar más y más profesionalmente.

¿Existirá algo en lo que crea fervientemente y que no necesite demostrárselo a nadie para estar segura de tener el poder sobre eso? Eventualmente creo que todo siempre se termina mostrando o demostrando, al menos con palabras.

No sé. Seguiré buscando.